Publicado el 04/08/2025 a las 6:58 pm
0 0
En lo alto de la cordillera, donde el viento habla en lengua mapuche y las montañas todavía guardan secretos, un bosque de araucarias milenarias estuvo a punto de desaparecer en silencio. Hoy, esas mismas araucarias —símbolo de la identidad ancestral y biológica de Chile— siguen en pie. Su resistencia no vino de la tierra, sino de las voces humanas que se alzaron para impedir su tala.
La reciente controversia en torno a la autorización para talar 96 araucarias en La Araucanía no ocurrió en un territorio cualquiera. Se trata de una de las zonas geográficas más sensibles —y simbólicas— del país: el corredor cordillerano que une las comunas de Melipeuco e Icalma, extendiéndose hacia Liucura, en pleno corazón del territorio pehuenche.
El conflicto estalló tras la autorización de la Corporación Nacional Forestal (CONAF) para cortar 96 ejemplares de Araucaria araucana con motivo de dos obras viales en la Región de La Araucanía: una que conecta Melipeuco con Icalma y otra entre Icalma y Liucura. Las resoluciones N° 594 y 595, firmadas el 26 de junio de este año, desataron un torbellino social, ambiental y político. Aunque se intentó justificar la medida por “razones de interés nacional”, las comunidades no tardaron en responder con fuerza.

El repudio no tardó. Comunidades mapuche-pehuenche, agrupaciones ecologistas, científicos, alcaldes y ciudadanos comunes reclamaron con vehemencia. La especie, catalogada como en peligro por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y declarada Monumento Natural en Chile, no podía ser reducida a una variable más en un estudio de impacto vial.
El gobierno, ante la presión, dio pies atrás al proyecto. El seremi del MOP en La Araucanía, Patricio Poza, confirmó el 3 de agosto que no se cortará “ni una sola araucaria”. La obra se rediseñará según el trazado original —previo a la autorización de tala— y se abrirá una mesa ampliada de trabajo con las comunidades.

Este no es solo un triunfo ambiental. Es una inflexión en la forma de concebir el desarrollo. En este rincón del país, el asfalto deberá ahora adaptarse al árbol, no al revés.
“No estamos contra el progreso, pero el progreso no puede significar la muerte de nuestros abuelos verdes”, indicaron dirigentes ambientales de Melipeuco.
Al caer la tarde en Icalma, el viento frío recorre las laderas del cerro Colorado. Las araucarias —testigos de glaciaciones, volcanes y guerras— siguen ahí. Erguidas, intactas. El camino no las cruzará. Al menos, por ahora.
Y en ese silencio vegetal, denso y antiguo, hay algo que se parece mucho a una victoria. Una victoria que no se grita, sino que se escucha en el crujido leve de las ramas: como si los árboles estuvieran agradeciendo, por una vez, que los dejaran vivir.